Cigüeñas En La Torre De Paredes

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A mí me encantan las cigüeñas. Tal vez sea porque mi infancia transcurrió en Alcazarquivir, una ciudad de Marruecos en la que las cigüeñas eran su emblema.

Desde niña he visto las cigüeñas cerca, las había en la gran Huerta del Cuartel militar que se extendía frente a nuestros pabellones, allí eran las reinas moviéndose pausadamente por el verde pasto, que sembraban para los caballos y parándose a beber en los muchos regueros estacionales que pasaban por dicha huerta.

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También las veía veía muy quietas a veces en los lienzos de los restos de la antigua muralla almohade, que en otras épocas rodeaba la ciudad.

Es muy agradable tener bonitos recuerdos de las cigüeñas de mi infancia, de aquellas mañanas que casi las tocaba con las manos, al pasar junto a la huerta camino del colegio y por la tarde jugando por el barrio.

En este tiempo, en el que mi infancia ya quedó lejana,  también hay cigüeñas en el pueblo donde paso largas temporadas.

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Por las mañanas, cuando abro el balcón, lo primero que diviso es el campanario de la torre de la iglesia y sus cigüeñas, A veces están las dos, otras una solamente, cuando están incubando los huevos y apenas dejan el nido sólo, pero la que falta me la suelo encontrar en mis paseos mañaneros  junto a los arroyos (esta primavera 2020, de confinamiento, solamente las sigo desde el balcón).

Y ahora, cuando las observo en esas mañanas azules y limpias, siento que el espíritu de aquella niña que fue tan dichosa en su infancia alcazareña, y a la que le gustaban tanto las cigüeñas, que ha alcanzado la serenidad de la madurez, y que la vida le parece buena, pues…

LE SIGUEN GUSTANDO LAS CIGÜEÑAS
Concha