El lobo de Cerro Jornillo


La primera vez que ví un lobo yo tenía doce años.

 En el pueblo era costumbre que los chicos dejaran la escuela a los doce o trece años y ayudar en las faenas del campo, ya como un adulto. La mayoría de los los niños del pueblo, a esa edad ya sabíamos realizar casi todas las faenas agrícolas que hacían los mayores, pues desde pequeños se ayudaba en ellas.

 

 

Y fue en la recolección aquel verano de mis doce años, cuando mi padre me llevó con él a segar algarrobas a una finca en Cerro Hornillos, en el límite de Cenicientos. Cuando se iba a trabajar a estas fincas lejanas del pueblo, para no perder tiempo en desplazarte por la mañana y por la tarde, pues entre ida y vuelta se tardaba dos horas, se solía preparar “El Avio” para tres o cuatro días, o lo que durase la siega. En esta ocasión, ayudé a mi padre a preparar nuestro avío, que consistía en un puchero, garbanzos, chorizo, morcilla y tocino. El embutido era para aliñar el cocido y para la noche comer el “sequillo” como se decía coloquialmente. He de aclarar, que en Paredes como en otros muchos pueblos labradores, se tomaba el cocido a diario, exceptuando las fiestas normales que solía matarse un pollo para celebrarlas.

 


Aquel día de mi relato, cuando llegamos a la finca, lo primero que hicimos después de colocar los utensilios, fue preparar una buena lumbre para que se hiciera el cocido, se vigilaba el fuego a menudo para que no se apagara y de paso si se cogía algún pájaro (y a veces un lagarto) terminaban en el puchero.

 

Estaba anocheciendo cuando mi padre me dijo:
– Coge un hacha, y en esa mata de chaparras corta unas cuantas ramas para hacer sitio y tender las mantas, así estaremos resguardados para dormir.

 


Yo cogí el hacha obedeciendo a mi padre y me dirigí a las  chaparras, pero cuando separé unas matas, me quedé tan petrificado que no me salían las palabras; en medio de las matas había un lobo que me miraba fijamente, con unos ojos como platos y brillantes como dos luceros. Yo intentaba articular alguna palabra para llamar a mi padre, pero sentía que no podía emitir ni un ligero murmullo. Cuando por fin pude gritar mi padre acudió corriendo, y vio al lobo, a mí muerto de miedo y el hacha en el suelo, entonces cogió el hacha y se dirigió al lobo con intención de asustarlo, y lo logró pues el animal se alejó aullando y  corriendo, lo que nos hizo pensar que fuimos nosotros los intrusos del territorio del lobo, ya que sin duda tenía en esas chaparras su refugio.

 

Durante los días que estuvimos en esa finca y aún muchos días después, no se me quitaba el miedo, recordando mi  susto ante la visión del lobo. Todavía hoy, al cabo de tantos años como han pasado, recuerdo aquel momento como si hubiera sucedido ayer.

 

Luis García Rosado